El (corona) virus global que nos retrata

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Llevo tiempo defendiendo, más como creencia (de las pocas que tengo) que como convicción histórica (no soy historiador, ni mucho menos) que hay coincidencias entre los inicios de los dos últimos siglos, año arriba, año abajo. Que, como la economía es cíclica, la historia, también, y se repite. Y que España, como estado diverso y complejo dividido en dos partes iguales y con capacidad de reconciliación sólo después de molerse a palos cuan dos hermanos que se aman y se odian al mismo tiempo, vive sociológicamente anclada en esa dualidad, a pesar de que tenga adversarios únicos como el Covid_19. Azules y rojos, una visión irreconciliable que todo lo juzga. Una simetría ideológica antagónica, cansina, marcada por la agenda aburrida de líderes políticos y seguidores serviles. Unos seguidores que, cual futboleros de bufanda, se posicionan con lealtad en cada una de las trincheras, de situaciones surgidas de… O de situaciones provocadas por… Unos políticos amigos de la mercadotecnia que se echan los trastos a la cabeza cuando hablan de las decisiones ejecutivas del otro porque -dirigidos por unos asesores sesudos- saben de marketing pero poco de gestión y mucho menos de política, entendida como el arte de (gobernar) la ciudad, ahora convertida en un supermercado de votos, no de voluntades. Es evidente que no es fácil gestionar una crisis como ésta, y que las decisiones no son fáciles. Todos somos conscientes que, visto lo visto, se podía haber hecho de otra manera y que se trabaja a destajo.

El Covi_19, la primera pandemia del XXI viene a suceder a la gran Gripe Española -curioso que adoptara ese nombre por vivir este país uno de los escasos momentos de progreso intelectual y político en la primera mitad de la centuria pasada-, que en España afectó a 8 millones de personas y mató a 300.000 de ellas a principios del siglo XX. Un drama. Una mortífera enfermedad que, tal y como vino -también en invierno y muy probablemente de China o Francia- se fue -en el verano de 2020, con el calor, pero año y medio después-, y cuyo misterio y capacidad de transmisión fue tan grande como la de ahora (los datos no son muy precisos, pero entre 40 y 50 millones de personas murieron, entre un 3 y un 6 por ciento de la población mundial). España tomó el nombre de aquella gripe, porque ningún país se atrevió a reconocer que se estaba dando -¿les suena? Eso es cosa de los chinos-, y que mucha gente se contagió y se murió. Muchos países europeos, entonces enzarzados en la I Guerra Mundial, se amordazaron en la negación para no mostrar debilidad. La versión moderna de aquella censura militar es el tacticismo político actual, que deja a un lado la gestión y la excelencia política, para dejarse llevar por un estúpido rédito electoral. El que dirán de la España inculta y pobre de inicios del siglo XX es el donde dije digo… actual. La revisión de la hemeroteca no afecta a los aparatos de los partidos actuales porque su auténtica máquina de la verdad depende del veredicto de esas masas de fieles seguidores de cada bloque. Si tu decides esto, yo opino lo contrario, sólo mientras no lo decido yo porque cuando yo lo hago deja de ser censurable… El background periodístico les saca los colores, pero sus seguidores los defienden con fidelidad servil: no hay escarnio público.

BUENISMO, EL LADO OSCURO DEL VIRUS

Dicen que el COVID_19 está sacando lo peor de esta sociedad. Y no es (del todo) cierto, aunque sí hay algunos parámetros, para mí, preocupantes. Esta crisis está dejándonos ver una (parte) sociedad enferma, malcriada, egoísta y señorita, por mucho que la queramos pintar de avanzada. Ni progresistas ni costumbristas o conservadores -otra vez, los de la machadiana Dos españas– se salvan de ese virus, amigo del monstruo de la corona, que se llama buenismo, lo que algunos psicólogos modernos, amigos de los hijos y voz ética de los padres, han promocionado a través de un mapa de ruta muy alejado de aquella idea inicial que, como suele ocurrir, la originó; jerarquización y diálogo, sí. Lo demás, el buenismo, producto de colegueo (mi hijo es mi amigo), culto a la sangre (mi hijo es el más…) y languidez en la autoridad (dejación de funciones y ausencia autónoma de la toma decisiones). El miedo a lo desconocido puede estar detrás del pánico, pero lo que causa terror de este virus, al que recetan aislamiento y confinamiento, es ver como (parte de) una sociedad débil y acostumbrada al albedrío, a la libertad caprichosa y a la abundancia, no puede dejar sus diferencias, el buenismo y la frivolidad para darse un buen sorbo de fuerza de voluntad, capacidad de esfuerzo y rigor para salir del bache. El pánico no está en el origen del saqueo de supermercados, sino más bien el vicio de la abundancia, el capricho y la ausencia de aceptación al ‘No’. En 1900 podían ser analfabetos, pero tal vez no (tan) maleducados. El corrosco de pan de entonces es hoy el rollo de papel higiénico de ahora, el producto estrella del saqueo coronavírico. Se ha pasado de escuchar el ruido de las tripas exhautas por la hambruna del inicio del siglo veinte, al culto al culo limpio del veintiuno, como si de ello dependiera el futuro. Todo, en poco menos de cien años. ‘Hambre teníais que haber pasado’, recuerdo que nos contaba mi abuelo. Hace poco se fue, y hace un poco más que perdió su brillantez, pero si mi abuelo hubiera conocido el coronavirus en su pleno apogeo, se hubiera indignado con su voz fina y carraspeada: ‘Ósperas, comenzaría seguro’ (era muy polite en eso del taco y el lenguaje popular) eso no se puede aguantar’, en referencia a la inconsciencia social de desobedecer la ‘recomendación’ de quedarse en casa. Eso no es progreso, me lo pinten como quieran. Me encantaría que la crisis, que se va a llevar muchas cosas, lo arrasara, se lo llevara consigo. Pero no acabo de creerlo.

La consecuencia de esa educación protectora, dirigista y blanda es este panorama aterrador que nos presenta hoy la sociedad, que se retrata de forma fideligna en el sucesor del cuarto poder, las redes sociales. La tecnología -de la que soy un defensor absolutamente convencido- ha democratizado muchas cosas, entre ellas la crítica y la información. Pero también ha traído el insulto global y ha ayudado a que ideas pobres hayan convertido las otras, probablemente las buenas, ideadas por los que saben, en pobres ideas. Los que se visten de perfil, tratando de acercar a bandos opuestos, son ignorados y, en el peor de los casos, reciben incomprensión de todos los lados: azules y rojos. Malos tiempos para el consenso. En tiempos de guerra, te matan sin preguntar.

El gran peligro del confinamiento es el aburrimiento. Más bien, la gestión del mismo. La dictadura de la agenda nos persigue. Y nos hace que el quédate en casa sea una losa, casi un salvoconducto para el cabreo y, si persiste, la depresión: ¡Qué largo se me hace, se lee en esos mensajes en los social networks. Amigos de lo inmediato y enemigos de la meditación y el análisis. Así nos va. Vemos incívicos y desobedientes ciudadanos a los que sólo la policía más contundente parecen respetar, pero a regañadientes y bajo multa. Y el virus, entre la calculadora clase política y la irreverente y caprichosa sociedad, encuentra el caldo de cultivo necesario para crecer. Y lo hace.

La mal entendida prudencia y la clase dirigente han hecho lo demás: más importante que la pandemia es quién tuvo mayor culpa, un esfuerzo inútil de una sociedad cansada del Y tú más. Por eso, cuando el otro día fui a la farmacia y me encaré con un señor mayor que me echó encara que él no dejaba la distancia de seguridad de dos metros para evitar contagios porque el gobierno había actuado tarde, me di cuenta que aquellos mayores, que vivieron el espanto de la guerra y la postguerra, no habían aprendido nada, se les había olvidado o bien, habían aprendido uno de los puntos flacos de la actual sociedad: vale sólo ganar, por supuesto, si son los míos. Y tampoco nuestra generación, aquellos que nacimos en el babyboom, causantes de ese mal llamado pensar que ‘todo es bueno’. Y no es así.

El buenismo de ahora es la mala educación de siempre. El niño consentido es maleducado, pero se le disfraza. La vara paterna es hoy para el profesor. Y el disimulo de la gente saltándose la alarma estatal y desafiando a la autoridad, es simplemente el consentimiento y el exceso, como la obsesión por el papel higiénico. En la cola de la farmacia vi como este señor bajaba la cabeza y no miraba. Seguramente, la bilis sacada de la mercadotecnia política, había sacado lo peor de él: su mala educación y su resentimiento. Me fui y ni me miró. Se calló al instante que le dije: usted diga lo que quiera y piense lo que quiera, pero póngase a metro y medio mío porque así evitamos los contagios. Cual chiquillo. Entre los refunfuñones nostálgicos y los consentidos niños -y no tan niños-, muchos de ellos hijos de los hijos de ’68, hemos convertido este confinamiento en una quimera para alegría de un virus que corre por nuestras calles sin piedad, cual botellón de viernes o sábado noche. Tenemos lo que merecemos.

Hay quien dice que, después de este parón del coronavirus, nada va a ser lo mismo. Si desaparecen estos especímenes, los ideólogos que los exaltan, los creadores que los consienten y los amargados que los tutelan, habremos conseguido algo. Y será bueno. Pero mucho me temo que este virus no sea más que el comienzo de una época dura para una sociedad que ha tocado el cielo de la exhuberancia y que va a tener que adaptarse a tiempos en los que el aburrimiento -desterrado por esta generación por alertar a lo improbable y lo desconocido-, la fuerza de voluntad, la autonomía y la desprotección van a hacer una sociedad más ruda, menos estridente, pero tal vez más educada. Esperemos.

BROTES VERDES… NO TODO ES MALO

Y me dirás, un poco catastrofista, ¿no?. Tal vez, sea así. Tal vez, un periodista siempre ve el lado más noticiable de la actualidad que, habitualmente, suele ser el malo. Porque lo que es noticia es lo relevante, lo actual y lo que causa interés mayoritario -eso, en sentido estricto- Pero es evidente que el aislamiento está sacando también muchas cosas buenas. ¿Por qué destaca menos? Porque son menos histriónicas, porque no persiguen el enfrentamiento y sí el consenso. Y eso no destaca, no es interesante. La clase media de la sociedad sana, la que colabora balcón a balcón, la que es solidaria, la que pide compromiso y obediencia por encima de la disensión, no se hace viral, no recibe apoyo, no es destacable. Hay algunos temas -pocos- que aúnan, como las quedadas en los balcones para aplaudir el trabajo de los profesionales de la sanidad y de otros muchos sectores, todas ellas destacadas en esta crisis. Y la gente se siente bien haciéndolo. Ese brote verde me permite esbozar una sonrisa de optimismo. Pero hace falta que hagamos que el megáfono de estos hechos acalle el rencor de los que se machacan y nos machacan a todos con su bilis

Otro día, en este que pretende que sea una especie de #DiarioCV_19 de sensaciones y reflexiones, hablaré de todas las iniciativas que se crean, la visualización de la sociedad post crisis, etc. Intentaremos aprovechar este confinamiento responsable en una plataforma para la reflexión y el debate tranquilo.

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