Mirada eterna

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Se le cerraron los ojos y,  cuando los abrió, se dio cuenta que el techo habia cambiado, que no era el mismo. Su mirada era la misma pero el techo no. Tuvo una idea de lo que era envejecer.

Al contrario que nos pasa con la voz, que no nos solemos reconocer si alguien nos la graba, con la mirada, no. Tu ves lo mismo, pero a ti no te ven igual. Mirar al techo, si no cambia, es igual. No envejece. Ni tu mirada tampoco. Tu cuerpo si. Por eso, mirar al techo te acerca a la eternidad.

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Mirando el techo…

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No puedo dormir y me he de levantar temprano. Aqui estoy mirando el techo, buscando esa marca de confianza que me hipnotice y me duerma. Mientras tecleo, se me cierran los ojos, y me da pereza dejar de escribir, levantarme y apagar la luz. El otro día me contaban una historia en la que un techo, una cámara y una persona que lo analice, podría sustituir a la geolocalización. Difícil de explicar, pero un dia de estos lo intentaré…

Y todo me recuerda a mi infancia, mirando al techo sobre todo esas interminables mañanas de gripe. Qué pasada, señor! Si, ahora mismo, miras algo de seguido y con insistencia, disfrútalo. No hay nada como las personas.

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El fuego

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El sonido del fuego en la chimenea, el olor a madera quemada. El silencio. La montaña. La sierra. Lo rural, lo sencillo, lo práctico. La distancia al ruído, a la civilización. Encontrar el equilibrio, el silencio natural. La luna llena, las nubes altas. El cielo estrellado. El frío de la noche. De los diez a grados, a los dos y medio. Nos alejamos de lo civilizado. Nos acercamos a lo que nos es más próximo. Qué fácil es vivir. Y qué difícil lo hacemos. Todo el mundo es consciente que lo sencillo es lo que quiere. Pero nadie quiere cambiar lo vivido, sino reivindicar lo que sueña como parte de lo que no tiene. Dame una chimenea de un silencio en el que lo único que se escuche sea el fuego. Y deja la civilización y el ruido incontrolado para los que socializan por el temor a sentirse diferentes o solos consigo mismos. Dame fuego.

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Felices

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A ser feliz también se aprende. La felicidad no es sólo el éxito, la consecución del objetivo, sino disfrutar del trayecto, ser tolerante con el error y encontrar el equilibrio para que ni la euforia ni la decepción te confundan.

Suele relacionarse la felicidad con la música o con la danza. O con la interpretación, placeres del gusto y de la calidad de vida. Quien tiene tiempo para ello, puede aspirar a ser feliz, cual endorfina o analgésico natural que convierte tu vida en alegría y felicidad.

Asociamos analgésico a eliminar el dolor, el principal causante de la infelicidad. Por tanto, eliminarlo, una de las mayores fuentes de felicidad o satisfacción. El tratamiento paliativo contra la agonía del dolor debe ser algo parecido, aunque signifique que el sujeto se venza y se despida de todo lo que le ha vivido, le haya hecho feliz o no tanto.

Aunque la felicidad, como decía un amigo mío, es (muy) interpetable. Lo primero que me viene a la cabeza cuando se habla de felicidad es la fugacidad del sentimiento. Porque dura poco, como todas las emociones, supogo. Son interpretables y, sobre todo, depende de cómo las sientas y si sabes sentirlas. Es decir, ser consciente que eres feliz. A ser feliz, también se aprende. Como dice el filósofo de la felicidad, Zygmunt Bauman: «No es verdad que la felicidad signifique una vida libre de problemas. Una vida feliz implica tener que superar los problemas«, poniendo énfasis en el camino, no en el final o en el reto conseguido.

La incapacidad que te aparta de la meta es un cierto fracaso. La victoria exige otra que la confirme. La superación del fracaso es felicidad. En China se habla de weiji para referirse a una crisis. Wei significa » peligro»  y ji «un momento crucial».  Superar un weiji es un momento feliz. Por ejemplo, perder un trabajo es un peligro, pero también una oportunidad. Recrearse en el wei y despreciar el ji, es el mejor camino para llegar a la tristeza y a la melancolía.

Alegrias cortas, decepciones para siempre

Llorar de felicidad es un momento de éxtasis. Llorar de pena es algo más profundo porque la pena perdura más, se lapa a la piel. Una desgracia deja huella. Nacer es alegría, felicidad. Morir es tristeza, zozobra. La alegría del (re) encuentro es efímera. La pena, la saudade, la nostalgia es persistente, duradera.

Tal vez, para ser feliz, se debería alargar esos momentos y dejar que pasen de ser gaseosos a ser más estables y duraderos. Para ello hay que guardar, ¿hay que relajar las euforias y minimizar las penas?. Es decir, ¿hay que entrar en una materia algo más gris que nos permita, sin alardes, encontrar el equilibrio que nos libre de los vaivenes? Encontrar el umbral de felicidad (y el de tristeza) te permite situar el lugar en donde, en tu caso, puede estar el equilibrio que relativice al mismo tiempo tus alegrías y tus penas. Quizás no eres ni tan feliz ni tan desgraciado, pero si tu calma dura más tiempo te puedes llegar a sentir feliz de forma más prolongada.

Euforias, emociones…

Pero no somos autómatas, y nos gustan las euforias. Ponerse de perfil en la emoción es ser equilibrado en tu propia felicidad. Sentir las cosas desde el sosiego es o puede resultar placentero. Lo que da placer suele hacerte feliz. Y lo que te hace feliz mejora tu vida.

No es más feliz el que ser ríe más fuerte, sino que, probablemente, el que se ríe más veces. o dicho de otra manera, el que se ríe de forma genuina como define de Fiodor Dovstoievski, «una risa completamente espontánea, sincera y pura que no contiene malicia, falsedad, sarcasmo ni nerviosismo«, la risa inocente de un niño. Podemos concluir aquello de que lo importante no es caer (la tristeza), sino saber cómo levantarte (la alegría), no la marcha, sino la vuelta, no el dolor sino la recuperación. Y reconocerse como feliz, sea el grado que sea, es una forma de levantarse, incluso en la desgracia.

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La Granotera

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Gustavo hui em pose a roda de La Granotera, el meu lloc de reflexió granota que tenia amagada.  Saps quan la vaig inaugurar? Coincidint amb l’últim ascens del Llevant, el de temporada històrica de Muñiz. Aquella vesprada de l’ascens, un gol de Sergio Postigo, curiosament contra l’Oviedo, rival dissabte de l’esquadra granota, va permetre celebrar l’últim ascens del Llevant, el segon a casa de tota la història, despres del mitic del 63 a Vallejo contra el Depor. I la recupere perquè, anys després, el llevantinisme sembla que ha oblidat les diferències, per potenciar el que li és comú: la supervivència i l’ascens, que venen a ser el mateix. Semblen aparcats els debats sobre Paco Lopez, sobre Morales, sobre l’herència enverinada de Quico o les mil i una enceses discrepàncies que, en este moment, desviaven l’atenció del més important: l’ascens. Les fíbies i fòbies són legítimes i la discrepància, necessària. Però sense arribar ni al descrèdit ni, encara menys, a l’insult

El Llevant ha crescut molt, socialmet i patrimonialment. Però, igual que una mà i un penal et deixarten sense ascens fa dos temporades, ara, que sembla que ho tens a tocar, poden passar tantes coses en les sis jornades que resten, que cap granota s’atreveix ni tant sols a discutir. Es perd força. La por i la il•lusió continguda és tan gran i proporcional que la unió per l’objectiu comú és el que ha fet que torne a vibrar la meua benvolguda granotera, i espere completar algun capítol més, entre altres, el del retorn a primera. ! Posa’t a roda, Gustavo. Dijous que vé més, i millor.

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Bojos baixets

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Alex Baena i Ayoze Pérez pertànyen a eixa classe de futbolistes made in Spain, aquells que el gran Zapatones catalogava d’esos locos bajitos. Quan els Xavi, Iniesta, Silva han desaparegut, o alguns com Santi Cazorla cotinuen al tall volent ser profetes en la seua terra, però lluny del glamour de l’elit, apareixen estos dos futbolistes baixets, amb qualitat, que formen una de les millors parelles de la lliga. Més enllà dels números, Gustavo, l’estètica. Baena i Ayoze fan del futbol una cosa senzilla i, al mateix temps, bella i quasi poètica. La connexió en els esports de grup és quasi mecànica, com aquella que tenia Messi amb Jordi Alba o Mendieta amb el Piojo. Diliciosa.

Baena i Pérez, Alex i Ayoze fan que vore els partits del Vila-real, fins i tot els grissos, com el de Vallecas, sempre pare la pena perquè, del no res, aparéixem per a crear art o fer un gol. Baena, des dels 11 anys al club i cessió al Girona que li va servir de trampolí. Combina joventut (medalla d’or olímpica) amb qualitat (campió d’Europa amb la selecció), és atrevit però també un poc impulsiu i vehement. Ayoze és el cafetitos, gest que acompanya a la celebració de cada gol, acompanyat d’altre canari com Yeremi Pino, i del mateix Baena, la joia de Roquetas de Mar. Canari, va canviar la passió del Villamarín, per l’estilisme que es veu a una Ceràmica acadèmica i experta

Espere, Gustavo, que eixos baixets tornen a dominar el futbol espamyol perquè amb l’anterior guanyaren un mundial. I perquè l’adn del futbolista espanyol marca tendència, per qualitat, i a ara també, per potència i físic. Amb Baena i Ayoze el Vila-real ja ha fet el brindis de la permanència però n’estic segur que, amb ells, i un Vila-real més de Marcelino, més segur i fiable, la Champions no serà un somni, sinó una realitat. Posa’t a roda Gustavo

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Ciclisme de risc

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Estela Domínguez, Muriel Furrier, Sara Piffer. Gustavo, són tres joves ciclistes que en els últims mesos, han mort en la carretera, sempre perillosa, però des de fa un temps, s’està convertint en alguna cosa més que una macabra coincidència. Dimecres, un grup de ciclistes de la selecció alemanya que estave entrenant a Palma de Mallorca van ser atropellats per un vehicle, com li passà a Piffer o a Estela Domínguez, filla de l’exciclista professional, Juan Carlos Domínguez, que lidera la batalla contra la impunitat en la carretera i reclama els conductors tota la atenció i prudència quan hi ha ciclistes.

És, Gustavo, la lacra del nostre ciclisme, i que anima a la conscienciació de tota la gent que ens agrada el ciclisme en la carretera. Prudència, concentració i molta precaució. A Estela se l’emportà per davant un camió en un polígon de Valladolid mentre entrenava després d’eixir de classe. A Sara Piffer, un home de 86 anys se l’emportava per davant en fer una maniobra d’avançament. Diuen que el contrallum va ser letal, i el sol no va permetre que el conductor vera la jove promesa italiana del món del ciclisme. REsultat, mort en l’acte. Com Estela

Hui, Gustavo, vull recordar que a la carretera, ciclistes i conductors no som enemics sinó al·liats. I si els ciclistes hem de ser conscients dels perills que ens venen segons les circunstàncies, els conductors han de ser consicients que qualsevol distracció pot ser letal, i els tres casos ho corrobora. I, mentre, els ciclistes ens aillem d’estes notícies i continuem eixint a l carretera. Descanse en pau, Sara. Quan entrenar es converteix en un esport de risc.

Fins la setmana que ve, Gustavo.

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Nostalgia inesperada

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Dicen los que la conocen que lo mejor de India es salir de allí pero, cuando te vas, la echas de menos. Es la maravillosa contradicción de un país incomprensible

Namasté es el saludo en la India, y se realiza con una pequeña reverencia acompañada de un gesto de plegaria con las manos. Llego de la India, donde estuve por primera vez, y he de confesar que, para sorpresa mía, una de las primeras sensaciones es que, después de llegar a odiarla, la echo de menos. O mejor dicho, echo de menos la viveza que desprende, no su cultura, sino el día a día de sus gentes. La India es un país contradictorio e imposible de entender. Quizás no haga falta. Sólo hay que sentirla, sin que la reflexión atienda a criterios exclusivamente espirituales, que en mi caso, no lo son. Hay que dejar que te entre por los ojos, aunque te saque de quicio. No entiendes nada, pero mientras la pateas, lo sigues intentando. No te rindes, no sabes qué es eso que te atrae desde que sale el sol hasta que se esconde. Te cabrea el ruido, el tráfico caótico, la suciedad, la marabunta de gentes que ocupan sus calles. Sabes que nada es lógico pero, a la vez, sabes que es eso lo que la hace atractiva.

La India es imposible de gestionar, ni en sentido estricto, sobre el terreno, ni en sentido figurado, en la soledad de tus pensamientos, como ente, como cultura, como sociedad, como país. Como nada. Y, mientras la disfrutas in situ te vas dando cuenta que no debes hacerlo, que no debes entenderla, que no debes juzgarla, que no debes… Debes aceptarla, asimilarla y disfrutarla. Y eso es lo que deja huella, lo que hace que la echemos de menos, como sorprendentemente me ha pasado. Y ya he confesado que no me lo esperaba. Deseaba llegar a casa, poder salir a la calle, circular de una forma normal, sin estridencias, sin estar pendiente de nada. Circular por aceras uniformes y limpias, por calles sin basura ni animales. Poder ver comercios y tiendas, escondidas en sus espacios, sin invadir el resto. Pensaba que disfrutaría otra vez de circular de forma anónima por la calle sin pensar si alguien me va a pedir algo, me va a preguntar de qué país soy, si quiero entrar a su local o si necesito ayuda para encontrar algo.

En namasté hay una referencia al ti, no al yo. El indio saluda y te ofrece su vida. Junta sus manos y sonríe. Y lo suele decir dos veces. Hace referencia al yo, que te reverencia, que te adora, a ti. Sin conocerte, a simple vista, busca tus ojos, porque a pesar de que namasté es reverencial e inclinan la cabeza, te buscan con los ojos, como miran a sus dioses o a sus santos, en el variopinto imaginario con el que cuenta el hiduismo, siempre de cara y siempre dispuestos a ponerse a disposición de…

El que no tiene nada, te da lo que tiene, y el indio te ofrece su reverencia, su acogida, el orgullo de sentir que vienes a verlos, a conocer su país y su vida. Y, en agradecimiento, el indio se inclina y te adora, te persigue para que te fotografíes con ellos, a veces tanto, que empalaga como un polvorón. El bullicio, el ruído, el fuerte olor es todo lo que te acompaña en cuanto paseas por cualquier calle de la India. Y no te das cuenta de que, lo que allí te llega a superar, a saturar, es lo que cuando llegas, cuando caminas por las calles medio vacías y silenciosas de nuestros pueblos y ciudades, te atrapa, te enamora. Y sientes nostalgia. Y no me lo esperaba. Y me alegro de que así sea sobre todo por una razón: es una evolución de mí como persona. Creas lo que creas, pienses lo que pienses, hagas lo que hagas, no prejuzgues nada. Empatiza.

Lo cierto es que, cuando llegué al aeropuerto de Delhi, sentí cierta liberación. Por fin podría disfrutar del anonimato y cierta normalidad, sin ser objeto de la curiosidad y la novedad, sin que nadie te ofrezca o te solicite su atención, sin que nadie te quiera vender algo o simplemente reclame tu atención. Los tuk tucs, las motos, las vacas, los monos, los perros, los puestos de comida callejera, los miles de puestecitos donde se puede comprar de todo, los mercados, los olores a fritanga, la tierra, el polvo, la suciedad… Todo, todo para huir y no mirar atrás. Y sin embargo…

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El conjuro

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Salió de la ducha envuelta en una toalla tapando aquella parte que la pasión deja suelta y libre, y que la vista enrojece bajo el manto de la timidez, como si el sexo y el deseo fuera con otra, no con ella. Despacio y con el pelo mojado y suelto, la mano en la toalla y la cara roja del sol, recoge su cazo mágico, lo levanta y lentamente va hacia el balcón. La persiana a media asta, como los días de duelo, tapando el sol que más tiempo nos ilumina. Sortea el muro de la persiana acuclillándose para evitar su impacto. A media vista, la observo. Se sienta, ladea sus rodillas desnudas sobre la silla, mantiene el velo de su toalla sobre su cuerpo desnudo, deja el brebaje. El conjuro llega. Comienza la Noche de San Juan.

Es mi primera noche sanjuanera, que la observo alerta, con la viveza de quien reza por dentro una pócima de contagio. Es la noche más mágica (dicen que la más corta no, pero en fin… a eso se llega o una mezcla de creencias y realidades). Es el solsticio de verano. En mi caso, el primer paso hacia un nuevo sabor de sensaciones: aquellas que provienen de quien te aporta alegría y magia y quien te ayuda a ver las cosas de una manera diferente. Quien te contagia de lo que emociona, emociona también. En un mundo tan polarizado, tan de hates y lovers, quiero creer que el conjuro es la simple presencia de aquello que nos ancla a la tierra, nos aleja de las estridencias, y nos recuerda que todavía hay esperanza en que la gente nos aceptemos con elegancia. Y en eso, el conjuro de una noche en la que me aportó su magia, es como un gran elixir. La vida. Seguimos.

Leía a Manuel Vicent escribir En la Noche de San Juan: A la caída de la tarde te preparas una copa, pones la música que te gusta, la que te recuerda los momentos más felicies, y si desde el fondo de la memoria, llegan lágrimas, te dices, no pasa nada, todo irá bien, todo va a ser como antes.

Todo irá bien es una frase que esconde deseo, dulzura y éxito. Todo irá bien es lo que has de guardar debajo del agua oscura de la mar, en cada una de las siete olas que, sin llegar a saber por qué, saltas con la esperanza de que pase algo que te vaya a asegurar que todo irá bien. Pero también, si alguien tiene que pronunciar esa frase es porque, tal vez, piensa que en algún momento alguna cosa no ha ido bien. Y como dice la mujer de el conjuro, no és precís (decirlo ni desearlo). Si es, es. Pero como la hoguera y el fuego y el agua, e incluso la luna llena abrazan la noche, nos permitimos hasta la licencia de desearnos con optimismo eso de que, si se cumplen nuestros deseos, todo irá bien. Aunque más nos valdría no tener que desearlo, sino caminar por la vía próxima, emotiva y empática, para tener que evitarla. Prefiero confiar en el conjuro.

La mujer del conjuro estira sus piernas, vuelve a sortear la persiana. Mantiene la mano en el pecho evitando que la toalla se descuelgue por su cuerpo. Me dirige una sonrisa y una mirada. No hace falta decir nada. Le observo, le sonrío. Y desaparece de mi presencia. Los espacios de los que acostumbramos a juntarnos, a sentirnos piel con piel, resultan tan enriquecedores… pienso en ese momento. El conjuro acalla al que siempre tiene una palabra, protege la tímida sonrisa del cuerpo desnudo cubierto, y nos pone en el camino de nuestra memoria para iniciar con el solsticio de verano un nuevo año o una nueva era o, simplemente, un nuevo día con el deseo de alargar lo máximo su influjo. No sé si la noche de San Juan es mágica o no. Lo que sí sé es que esta lo fue y que el conjuro tal vez haya hecho que juntar estas letras sea posible. Siempre bajo el influjo de aquella mujer que lo creó.

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Atrévete

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No sé por qué, últimamente, todo tiene a mi alrededor cierto poso de desasosiego, de coformismo. «A estas alturas, me conformo con no sufrir», me decía una persona el otro día. Observo mucha vida liviana, como si todo fuera relativo, por miedo a que lo absoluto nos envuelva en melancolía, en definitiva miedo a que el daño sea mayor que la satisfacción. Ni se sabe estar sólo, ni se apuesta por alguien. Simplemente, se bordea la soledad con una tenue presencia. Es como elegir colores de gama media, observar un arcoiris mate o escuchar músicas de ambiente sin letra.

Y sin embargo yo me encuentro en el proceso contrario. Me atrae decir claro lo que creo, pienso o siento. Vivo según mi propia voluntad (a excepción de los imponderables que no puedes elegir) porque siempre que hice cálculos, las matemáticas me enseñaron que la exactitud es poco aplicable a la vida, al menos a la mía. Si calculas, dudas, y si dudas, no actúas, te paras. Si te paras, tal vez vivas más tranquilo, sin contratiempos. Pero, si de vez en cuando, no agitas tus deseos, te mueres, aunque tu cuerpo siga en movimiento.

Vivamos intensamente porque no sabemos cuánto tiempo tendremos para elegir ir por el camino de los colores vivos o por el de la noche oscura. Dicen los que saben que han de tomar el camino del adiós que si hubieran sabido, hubieran vivido de otra manera. Claro, a final definido, insatisfacción por lo que has dejado de hacer y lo que te queda pendiente que a buen seguro no te dará tiempo a satisfacer. Y entonces te frustras porque el adiós no tiene elección. Y lo que pudiste elegir (vivir urgente) pasa a ser exprés. ¿De qué nos sirve vivir en colores de gama media, sin brillo?. Pongamos todo en la cazuela y el caldo saldrá rico. Y eso que nos llevaremos.

La vida de colores de baja gama es un manual del vivir sin grandes alardes pero también sin grandes emociones, como si nuestro miedo nos lleve, por experiencia, a concluir que no merece la pena arriesgarse. La base actual de los sentimientos nace de la racionalización de las emociones. Expresarlos es voluntario y se pueden exigir y dar. «Me has hecho pensar», me decía entre lágrimas una persona que acababa de conocer hace poco. Las lágrimas responden al momento que vivimos y el tiempo que nos queda. Insatisfacción porque muchas veces nos abandonamos para reflejarnos en otro. Confundimos compañía con sentimiento. Y claro nace algo que ni acompaña ni siente.

Porque, como dijo una vez un amigo mío, a la muerte, vamos solos, tanto si alguien está a nuestro lado, como si no. Decía mi abuelo a los 102 años que no hacía nada en esta vida. Pero yo sabía que, por su condición cristiana, no podía elegir el momento de irse. Ahora bien, sí aceleró para marchar porque tanto es no tener el tiempo suficiente para acabar tu libro, como haber escrito el final y esperar a que se publique. Vivió sus últimos días acompañado por la gente que le quería, pero a la muerte llegó sólo. Como todos.

Atreverse a vivir

La soledad asusta, y manejarse en ella es algo que se trabaja, se aprende y se construye con constancia. Pero la soledad, para no ser nociva, no puede nacer de la renuncia sino de la convicción. Si nace de la primera, provoca frustración. Si viene de la voluntad de querer y saber estar sólo, provoca sosiego y paz interna. La soledad urbana, por olvido, deprime. La soledad aceptada, reconforta. A mi no me da miedo estar solo sino sentirme solo porque no hay peor soledad que la que se vive en compañía. Y por eso es necesario atreverse a vivir, no con lo que nos aparta de la soledad pero nos llena de melancolía, sino con lo que nos emociona, lo que nos permite ponerle letra a nuestra canción.

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