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Se le cerraron los ojos y, cuando los abrió, se dio cuenta que el techo habia cambiado, que no era el mismo. Su mirada era la misma pero el techo no. Tuvo una idea de lo que era envejecer.
Al contrario que nos pasa con la voz, que no nos solemos reconocer si alguien nos la graba, con la mirada, no. Tu ves lo mismo, pero a ti no te ven igual. Mirar al techo, si no cambia, es igual. No envejece. Ni tu mirada tampoco. Tu cuerpo si. Por eso, mirar al techo te acerca a la eternidad.

