No os ha dado nunca las ganas de dejarlo todo y salir corriendo? Adónde? Sin rumbo. Da igual. Dejarlo todo. Salir, romper con todo y todos… Acabar con las rutinas, con las caras que ves a diario, incluso con todo lo que sabe a habitual. Sales de casa dispuesto a no volver, llegas al trabajo pensando que es el último día. Te ocupas de las cosas consciente de que nunca más las vas a realizar. O, al menos, durante una temporada. En tu cabeza el hartazgo. De una amistad corrompida, una relación tóxica, un trabajo rutinario, una vida previsible y aburrida. Seguro que alguna vez lo has pensado. Y, si no lo has hecho, muy probablemente has tenido pereza o incluso miedo de hacerlo.

Bofetada de realidad

Salir de la zona de confort, salir de tus hábitos de vida, cambiar de profesión (no de trabajo, sino de ocupación) ni es tan fácil ni es tan saludable como se piensa. Quien lo prueba y llega recibe el premio del reto, de la prueba, del famoso obamariano «Yes, we can». Quien fracasa se lleva la bofetada de realidad del que piensa que la vida es un sueño y los cambios un reportaje de aquellos de x por el Mundo. No hay una sola lectura de libro idéntica, ni una peli vista con los mismos ojos, ni revolución con unanimidad. Existen tantas realidades como entes vivos. Incluso algunos tienen varias realidades dentro de un mismo tiempo y muchas realidades en un proceso vital. Tratar de reducir la realidad a una única verdad es un ejercicio atrevido, suicida y absolutamente desvertebrador. Lo que te lleva a romper con todo y empezar de cero es, precisamente, la uniformidad. Imaginen un amor para toda la vida. Los que lo logran sin frustarse son héroes. Los demás somos humanos. Como me decía mi amigo tico Harold: «de lo único que no se puede cambiar es de equipo de fútbol». Error. La fidelidad es un valor casposo. La lealtad a uno mismo es simplemente una quimera. El amor a unos colores es de lo poco que se mantiene imperturbable. Y, aunque tengo un respeto absoluto por aquellos que siguen llorando por una camiseta, no deja de ser curioso (y diría que triste) que lo más cercano a la imperturbabilidad sea algo tan liviano como el sentimiento grupal o el consentimiento conyugal. Aún así, mi admiración a quien consiguen hacer de eso su valor básico y, lo más importante, su gran proyecto para tener una vida feliz. Chapeau. Es la nueva contrarrevolución.

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