La polarización social a la que las redes sociales, sin duda, ha contribuido, puede estar en la base de la enorme tensión que se vive en el planeta, agravada por una pandemia (ya se habla de sindemia o epidemia sinérgica, horror de término por su prolongación en el tiempo y combinación con otros factores, como la pobreza). ¿Qué temes de la influencia en las redes sociales?, le preguntan a Tim Kendall*, exjefe de monetización de Facebook en The Social Dilemma, Después de unos segundos de pensar, dice sin vacilar: «una guerra civil». Impacta su respuesta. Habla de Estados Unidos, pero ese temor puede ser extensivo al resto de sociedades del mundo.

El capitalismo de vigilancia, término que acuña la socióloga Shoshan Zuboff* en ese mismo documental al nuevo orden económico derivado de la tergiversada deriva tecnológica a la que nos ha conducido el negocio de las redes sociales, lleva al todo vale con el fin de que los anunciantes consigan sus objetivos. Y para reclamar tu atención, hace falta conocer todo de ti, incluido como piensas, a quién sigues, qué te preocupa y qué te indigna, con quién estarías dispuesto a pelearte… Todo, sin el filtro de la veracidad. Consumes lo que te gusta, no lo que te forma. Consumes lo que ellos quieren, no lo que necesitas.

Esa tensión provocada nos lleva al periodismo de bufanda (sólo leemos, escuchamos o vemos lo que queremos, no la pluralidad de lo que pasa), construido entre otras cosas a través de las fake news. El ahora speaker Tristan Harris*, ex de Google, dice que esas noticias falsas (intencionadas y con una pretensión adictiva al sistema) buscan «el caos» y la «polarización social» (no hay nada que más enganche que la defensa de una idea o acción). Sin filtros ni tamiz de comprobación -otrora campo del periodismo, al menos del teórico- las noticias se expanden de forma viral por todo el mundo. Sin demonizar el mundo del sharing que nos ha traído una globalización virtual y también muchas ventajas, la polarización social que observo (de ahí, el título de mi blog, más como llamada de atención que como no-implicación) no es un tema a restar importancia. Al contrario. Sin puentes de comunicación, con posiciones más alejadas, sin capacidad de acuerdo, con tensión y sobre todo con una base argumental que se alimenta de presuntas verdades, la violencia es una consecuencia casi inevitable, por desgracia.

El ladrido y la coz

Llamadme agorero (sigo pensando en aquello de que la historia se repite y el inicio de los dos últimos siglos presentan similitudes, incluida la pandemia), pero no nos equivoquemos: lo que observamos con alarma respecto a la clase política, cada vez más mediocre e interesada, no es más que la punta del iceberg de una sociedad que camina por la senda del ladrido y la coz, acelerada por esta pandemia digital. La situación de pandemia por el coronavirus, con supremacismo ético incluido y escasa evidencia científica (empieza a unificarse, por fin, el mundo científico) no hace sino incrementar exponencialmente el peligro de enfrentamiento. Ya hemos visto en Estados Unidos como se ha recuperado con virulencia el conflicto racial y en España el ideológico. Una polarización, un sectarismo que, por cierto, llegó hace tiempo a los medios de comunicación, siendo su pan para hoy y el hambre de mañana. Vivir de tus fieles seguidores reduciendo tu credibilidad (por alimentar a uno de los bandos) es el fin de tu existencia. Y así nos va.

«Lo que observamos con alarma respecto a la clase política, cada vez más mediocre e interesada, no es más que la punta del iceberg de una sociedad que camina por la senda del ladrido y la coz»

El actual iceberg digital hace que sólo veamos que lo más pernicioso de la implantación de la tecnología sea el número de horas que pasamos delante de una pantalla, y no el uso que hacemos de ellas, y el sometimiento a sus reglas, convirtiendo nuestras vidas en Frankenstein Digitales, como uso inconexo de la tecnología desvirtuando la realidad. Y todos los grandes conflictos nacen con ese argumentario de beligerancia que hoy alimentamos a través de nuestras pantallas. Soy y seguiré siendo un defensor del avance tecnológico y del uso de las nuevas formas de comunicación, interacción y trabajo que nos proporciona ese nuevo orden tecnológico. Pero, como otras múltiples disciplinas del saber y de la ciencia, todos sabemos que están sujetas a la perversión, sin ser per se parte del sistema.

*El dilema de las redes, traducción del original The Social Dilemma, es una película producida por Netflix y estrenada este mes de septiembre, actualizada a la situación de pandemia por la aparición del coronavirus. En ella, además de actores que recrear la situaciones de adicción de las redes sociales en una familia de EE.UU, intervienen distintos gurús tecnológicos, criados en Silicon Valley desde el inicio de siglo, y extrabajadores de las tecnológicas más importantes del mundo, como Google, Facebook, Twitter, Pinterest, etc. Todos ellos defienden, sin dudas, que la aparición de estas empresas era sólo ganar dinero (no crear sinergias y mejorar la comunicación entre usuarios). Es, como dice Soshan Zuboff, un capitalismo de vigilancia, que comercia en un mercado de futuros humanos «If you’re not payuing for the product, you’re the product («Si no pagas por el producto, tú eres el producto), dice Tristan Harris en el documental, recuperando una vieja frase del inicio de la economía digital.

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