«Escucha la pregunta que te hagan, da una respuesta rápida para que parezca que has contestado… y luego háblales de lo que tú quieres»

Obama, Barack. Una tierra prometida (Spanish Edition)

Con esta frase, Axe, uno de los colaboradores más estrechos de Barck Obama en su carrera a la Casa Blanca, convenció al futuro presidente que los electores no necesitan argumentos sino emociones para decantar su voto. Necesitan creer, más allá de las ideas. La mayoría de electores no son militantes, pero cualquier mensaje ha de lograr que lo sean por un día, al menos durante la votación. La militancia exige cierta dosis de fe. Y a mi, que soy todo lo contrario a un militante, me cuesta comprender y empatizar con todos los que lo son (la mayoría).

Como siempre digo es más fácil creer en Dios que negar su existencia. Con la militancia a mi me pasa un poco lo mismo. A mi entender, lo malo de este tiempo que estamos viviendo es que se otorga un valor desmesurado a las etiquetas, militancias que a veces sancionan la racionalidad e impiden la naturalidad y me atrevería a decir que la lógica, lo que a la larga acaba de alejar a la gente de ellas. Militancias que, en tiempos de crisis, se acentúan.

«A mi me da igual la política, a mi me importa Euskalerria y me da igual lo demás.. como si tendría que matar a alguien de mi familia. De la política paso, sólo me importa Euskalerria», dice Joxe Mari, el militante de ETA, protagonista de la excepcional novela de Fernando Aramburu, Patria, llevada al cine en formato serie por Aitor Gabilondo, también con un resultado excelso. La inercia de cualquier idea sin reflexión te lleva a lo contrario de la génesis de cualquier ingenua teoría: la irracionalidad. 

Cambiando radicalmente de tercio, militancia similar ocurre al extirpar el halago de la ternura para combatir al cosismo. Embellecer la vida nunca puede ser motivo de afrenta. La soez utilización del piropo no puede acabar con su existencia, sino que ha de provocar la censura de quien hace del mismo un uso chabacano y lejano a su origen, además de alentar ese cosismo. El bombón es dulce y agrada. Todo lo demás, seguramente son prejuicios. Toda militancia llevada a su extremo acaba en intolerancia y en polarización. Es, para mi, una consecuencia intelectualmente irrefutable. Otra cosa es el disfraz con el que el marketing político, ideológico o de fe lo endulce.

Militantes del miedo

También, la militancia al miedo como es en el caso de la pandemia. Para mi, la única militancia que me deja la o el Covid es la evidencia científica (afortunadamente recuperada tras banalizar otras riquezas). Este rigor de la ciencia va mucho más allá de la norma derivada de la compleja gestión de la pandemia, que más bien nace de enviar un mensaje de advertencia, de miedo. Ya hablé de que en la gestión del Covid19 en el mundo hay más de alerta de comunicación que de alerta sanitaria. Eso si, ¡ojo! nada de negar la evidencia: el puto virus existe, está ahí, es mortífero, y es necesario y éticamente exigible delimitar nuestra libertad personal para evitar el mayor número de muertes. Porque el virus mata.

Todos tenemos casos muy cercanos de que esto va en serio y de que ha provocado mucho dolor. Pero también hemos de asimilar que esto no es eterno y que, cuando pase, seguiremos teniendo una vida por delante, seguramente muy similar a la que teníamos, aunque la crueldad del presente nos impida ver más allá del día con optimismo. ‘Nada será igual‘, dicen algunos. Pues sí, nada será igual pero todo será muy parecido y nuestra memoria arrinconará este año y pico de virus. Porque el olvido (que no la memoria histórica) del dolor es siempre necesario.

El virus mata, pero el miedo militante aniquila. Y entre uno y el otro, casi prefiero el riesgo a la muerte que la muerte en vida del miedo. Hace unos días, un amigo me comentaba que los psiquiatras están ya en alerta de lo que nos viene encima tras esta pandemia, que -dicen- será mucho peor que la propia enfermedad. E intuyo que puede ser así por lo que observo en la gente. De qué sirve sobrevivir si las secuelas anímicas son mucho peor que los efectos secundarios del virus? Tengo otro concepto de supervivencia. Es más una reflexión y una decisión personal, que quiero compartir. Soy tremendamente consciente que cada uno lleva estas cosas como siente, como puede o como se lo permite su miedo y su historia. Y lo entiendo, pero lo tengo claro: primero vivir porque puedo sobrevivir a la Covid pero puedo morir de cualquier otra cosa, incluso de miedo.

Fidelidad

Hay muchas clases de militancias, tantas como sentidos de pertenencia a grupos tengamos. La militancia, aclaro, no es per se perniciosa, sino al contrario. Es necesaria para generar las suficientes mayorías que son las que mueven los hilos del mundo. Pero sí es perniciosa esa militancia moderna que ha sancionado el espíritu crítico en favor de la homogeneidad. Ideología sin fisuras. Ciertas militancias se han convertido en ejercicios protocolarios. Y es que cada vez veo más la militancia como un modo de fidelidad, más allá de la razón. Eso sí, militancia positiva, como la fidelidad, siempre que no caigas en la desidia…

Yo soy incapaz de defender cualquier cosa que no creo o siento. Y ni siquiera acepto una norma porque sí, lo cual me ha generado algún que otro problema. Pero las normas son cambiantes, y  dependen de las personas que las legislan y las sociedades que, de forma consensuada, las hacemos regir como acuerdo social de convivencia. Pero ya he superado ese conflicto: acepto una norma aunque no crea ni confíe en ella. Simplemente la cumplo. Eso sí, que nadie me pida evangelización sobre algo que cumplo pero no comparto. De eso se ocupa la militancia. Me encanta la libertad de defender lo que soy, lo que pienso y lo que siento, por encima de etiquetas. Me equivoqué con la equidistancia. No soy equidistante. Me equivoqué con la neutralidad. No soy neutral. Simplemente defiendo una realidad cambiante, mi esfuerzo de adaptación a mi entorno y mi única pretensión de construir puentes de acuerdo y concordia, nunca de polarización y enfrentamiento.

La historia de la humanidad ha construido diabólicas historias en nombre de militancias irracionales, de ideologías sectarias, de creencias  religiosas o de estructuras piramidales con fórmulas mágicas que prometen la felicidad o el paraíso en forma de dictaduras monocolores, protegiéndose de los demás como sólo se puede hacer: para saber qué o quién soy, ven y entra. Aceptemos la disensión como algo normal que nos ha de llevar por lógica al acuerdo con contrarios (no enemigos). Por ello, hago de la escucha, mi valor (aunque no siempre lo logre), y de la eliminación de etiquetas, un intento de romper con los tópicos. La defensa de cualquier consigna no deja de ser una pérdida de parte de tu libertad personal, no siempre en favor de un bien superior cómo podría ser la concordia sino muchas veces como un elemento de enfrentamiento y polarización. Y no sólo en la sociedad, sino en tu propia vida.

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