La soledad es un estado de ánimo, seguramente. Aprender a estar sólo (no sentirse sólo) es uno de los ejercicios más edificantes y necesarios que nos encontramos los humanos. La sociabilidad es una característica muy nuestra, pero para nada condición necesaria. Al menos, no si no aporta. Gran aportación que espero me proporcione esta aventura (voy a dejar de llamarlo reto porque no lo es, y porque tampoco no sé si quiero que lo sea). He dicho últimamente que el ocio está sobrevalorado y que la soledad y el aburrimiento están hoy reñidos. Quiero aburrime y no sentirme mal por ello. Buen ejercicio. Huimos de los bares vacíos, de los sitios sin gente porque son aburridos, de las casas vacías de voces porque nos entristece. Pero siempre añoramos la libertad de la soledad. Somos una puta contradicción los humanos.

Que llegue…

Llevo una semana en capilla, cuidando de no hacer un esfuerzo más que después pueda echar en falta. En la bici, siempre decimos: «guarda, que luego te hará falta y si no lo pagarás». Pero he pasado la semana más rara desde hace tiempo. Me subo por las paredes. Y sé que me voy a hartar de caminar, correr… Observar, oler, sentir, escuchar… No aspiro a nada, sólo a disfrutar de la marcha, bien si la hago lenta y pausada (disfrutando del paisaje) como rápida y de superación, poniendo a prueba mi cuerpo y mis fuerzas… Porque mi ánimo no entra en juego. Está a tope.

Como todo en mi vida, improvisaré. Haré lo que me apetezca en cada momento… Hay un plan previsto: ocho etapas en siete días. A partir de ahí, lo que surja. Me encanta la sensación de no saber lo que haré. En la bici (cómo la voy a echar de menos estos días), suelo improvisar los recorridos. En O Camiños dos Faros, pienso hacer lo mismo. Malpica-Nemiña es la primera etapa. En el puerto pesquero empiezo. En el Faro que delimita el mundo, lo acabo. Fisterra. Lo demás será lo que yo quiera en cada momento. Y la vida debe ser un poco eso. Seguimos…

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