(“O como saber ponerse en los zapatos de otro”)

Séptima entrega de ‘Reflexiones en confinamiento’… después de 49 días

“La solidaridad es un buen medicamento contra el trauma”, decía el psiquiatra Luis Rojas Marcos en una entrevista, poco antes de darse por iniciado esta crisis del Covid-19. Y, en el inicio de la pandemia (más bien del confinamiento), fue así. Mucho buenrollismo. Ganas de agradar, subir la moral, plantar cara a la adversidad… Pero yo ya dije en aquel momento que no me pareció así. Esa solidaridad asustadiza nos invadió mientras hubo miedo, cuando la gente se contagiaba a miles y se moría a muchos cientos. Al principio, pensamos que esta pandemia sería como aguantar la respiración unos segundos bajo el agua y luego a respirar como si nada. Pero ya llevamos mes y medio confinados. Ahora, en desescalada, vuelta a las andadas. Vuelve el ‘primero yo’, y me incluyo, aunque trato de revelarme contra este pensamiento. 

“El que no se sienta cómodo, que no abra”.

La frase es de la vicepresidenta cuarta, Teresa Ribera, la que nos ha de guiar hacia la vida tal y como la conocíamos (lo de la ‘nueva normalidad’ no lo veo, porque después de cualquier crisis, siempre hay una nueva normalidad y van muchas), la encargada de dirigir la desescalada (otra decisión sorprendente, en mi opinión, por su perfil profesional, pero en fin). Frase dirigida al sector de la restauración, pero da igual: podía ser cualquier otro. Más allá de ser un vacile, poco respetuosa e inoportuna, es sobre todo poco empática con un sector que, junto con el de la aviación y los viajes, es el que más sufre y va a sufrir lo que se llama la social distancing, porque es el que más necesita de la aglomeración como forma para crear riqueza. Otro debate es el de las condiciones laborales del sector y de qué tipo de modelo tenga el de la hostelería (precariedad, temporalidad, bajos sueldos, etc), muy expuesto a variabilidad en cuanto a resultados por el enorme impacto de cualquier situación no esperada. Pero decirlo así, de esa manera, es desalentador y poco edificante, mi primer sentimiento cuando lo escuché. No es el único caso de falta de empatía que se ha dado pero, para mi, uno de los más llamativo. Es cierto que es difícil que la salud y el dinero casen, y más todavía si le añades hábito. Más bien al contrario, en este caso, son antagónicos.

Lo contrario, Margarita Robles. También socialista, mujer y Ministra de Defensa. Empatía con su tarea, con la situación política, económica y con los que piensan de forma diferente a ella. No cuesta tanto. Y no es una cuestión de colores. Por no hablar del talante de José Luis Martínez Almeida, el alcalde de Madrid, o de la concejala de Podemos, Rita Maestre. Un solar de aceptación entre tanta algarabía. Insisto más allá de cómo se piense. Ponerse del lado de autónomos, empresarios, trabajadores, no tiene por qué evidenciar tendencia, si nos atenemos a la empatía. Votantes de izquierda que tienen negocios y votantes de derechas empleados públicos, trabajadores en fábricas o empleados de rentas más bajas, así lo corroboran. La empatía no tiene ideología y es una enorme herramienta social e individual. Pero choca de pleno con uno de nuestros mayores defectos como humanos y es que casi siempre sólo vemos nuestra situación: todo lo que impida lo que yo quiero, no está bien. Si (el que manda) no lo hace, ya no me interesa. El dolor del otro, no es mi dolor. Y así nos va. 

 “La empatía es una enorme herramienta social e individual, pero tiene un problema y es que sólo nos vemos en nuestra situación: todo lo que impida lo que yo quiero, no está bien. Si no lo hace, ya no me interesa. El dolor del otro, no es mi dolor. Y así nos va”

Las crisis, por definición, no son empáticas. Aunque en los momentos de adversidad, suelen salir a la luz actitudes solidarias, éstas son muy tenues, casi dirigidas más a limpiar conciencias que a encontrar empatía de verdad. Sólo la imagen antagónica de los aplausos en los balcones y los escritos de acoso, acciones ambas dirigidas a los profesionales sanitarios, dan una idea de esta gran falta de ponerse en los zapatos del otro. La empatía no es sólo solidaridad, es una actitud de vida, es una de las grandes aportaciones de la inteligencia emocional, aquella que viene a ayudar a la parte social de cada individuo, a crecer y desarrollarnos de una manera fluida y conjunta.

Lo contrario a la empatía es, por ejemplo, la política que nos han dibujado. Ni ha habido empatía del gobierno para con los demás (los que piensan diferente a ellos), ni tampoco al revés, en esa relación gobierno/oposición, tan necesaria, por cierto, pero no necesariamente tan tensa y programada. Pero, en los llamados asuntos de estado (a los que ataca esta pandemia) siempre ha habido una pequeña tregua, más por decencia que por ganas. “Llevamos un mes trabajando en el proceso de desescalada”, dicen en el gobierno, pero no sabemos (sabíamos, hasta que lo publicaron a modo de comunicado) ni cómo ni quiénes están haciéndolo, sólo quién lo dirige (lo menos relevante) No ha habido empatía de los que dirigen (siendo consciente de lo difícil que es la gestión de una situación así) con el resto de la sociedad. Cuando alguien dicta una norma, debe ponerse en situación del que va a ser ‘normativado’, y para ello ha de hablar con él. Si yo quiero legislar la reapertura de los bares y restaurantes, me siento con ellos, les escucho, observo cuál es su realidad y luego, lógicamente, en función de otras consultas (como por ejemplo, las sanitarias) decido.. Y no sólo debe serlo sino también aparentarlo: ser transparente y demostrarlo. Y, lo más importante, lo digo, lo comunico y dejo ‘libertad’ a todos los que han participado de la decisión para debatir públicamente las deliberaciones de ese plan. La uniformidad no puede ser impuesta (la decisión ya es única), sino que ha de ser la suma de consensos.

Es lo que hacemos (o debemos hacer, al menos, en todo caso es lo que nos enseñan a hacer) los periodistas: hablamos con todos los sectores y luego los que nos escuchan o nos leen, deducen. Un gobierno, ha de decidir, estando/oyendo/viendo a todos. Implicados, pero también con las ideas de otros (oposición), entre otras cosas porque si los involucras, ya los haces partícipes de tus decisiones, en algún sentido. Si no lo haces, siempre les quedará aquello de: “nos hemos enterado por la prensa”. Es decir, no es nuestra responsabilidad, es la de ellos. Y nos da vía libre a nuestra despotrico. “No es un plan de desescalada sino de descalabro”, ha dicho Pablo Casado. O sea que, a mí, plin, ni me has consultado (que se sepa). 

La empatía es necesaria, pero la sociedad, esta sociedad camina hacia el lado contrario. Si yo puedo salir y tu no, ¡te jodes¡ Si no salgo, me quejo. Si me quejo, no lo están haciendo bien porque no me benefician. Si benefician al otro, tienen interés en que así sea. El pequeño empresario, el comerciante, el vendedor, el propietario de un puesto en el mercado, el funcionario, el maestro, el médico… y así hasta el infinito. Todos son de mi comunidad, de la gente que vive conmigo. Amigos próximos, familia, conocidos…. El día que entendamos que la suma de voluntades personales es una colectividad sana, y que para que mi esfera privada funcione, necesito que lo que me rodea lo haga también, como ha venido a demostrar este virus tan enrevesado como es el coronavirus, a todos nos irá mejor. Pero qué difícil es mirarse al espejo y ver a alguien más que tú. 

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